La Reconciliación del Paralítico

ía una especie de contradicción o dificultad de difícil solución. Pero aun así, no habría tal dificultad, porque así como la extensión del imperio romano, compuesto de regiones muy diversas, está comprendida y se designa con la palabra ciudad romana, la misma Galilea se puede llamar ciudad de Cristo, porque en ella está situada Nazareth. ¿Y quién dudaría que está bien dicho afirmar que Jesús, al venir a Galilea, vino a su ciudad, aun cuando hubiera ido a cualquier ciudad situada en Galilea? Tanto más, cuanto que Cafarnaúm era población principal y como una urbe Galilea». Entonces podríamos decir que lo más probable era que el milagro habría sucedido en la ciudad de Cafarnaúm en Galilea muy cerca de Nazareth. En el cuadro no se ve ninguna referencia pictórica que haga referencia al lugar donde se realizó el hecho puesto que no es algo fundamental para expresar la riqueza de dicho pasaje. La presencia de la Madre en la vida del Hijo El Padre Scío dice que el milagro tuvo lugar posiblemente en la casa del mismo Pedro donde curó a su suegra y donde se estaba hospedando. Además los padres jesuitas comentan que por la viveza de la descripción sugiere una dependencia de un testigo ocular, que muy bien puede haber sido Pedro. Podría ser interesante pensar que aunque no lo narra ninguno de los sinópticos, y siendo Nazareth tan cerca de Cafarnaúm; que la Madre del Señor, habría acompañado la predicación de su Hijo en estos lugares tan cercanos a su ciudad natal, sería hermoso pensar en la participación que tuvo la Madre de Dios en este maravilloso acontecimiento. El evangelio de San Juan nos narra el milagro que Jesús hizo en Caná de Galilea (Jn 2, 1-11), donde su Madre tuvo un especial participación, como intercesora; si bien este pasaje narra que Jesús fue invitado a una boda junto con su Madre, es muy interesante constatar la presencia de Santa María acompañando a su Hijo en el inicios de lo que sería su santa vida pública, pero más interesante aún es continuar la lectura del evangelio que seguidamente de este hecho nos dice que Jesús, con su Madre y sus discípulos; se quedaron unos días en Cafarnaúm (Jn 2, 12). De ahí podríamos especular que la presencia de María en la predicación de su Hijo en Galilea era frecuente, incluso decimos que la Madre sigue con atención cada uno de los pasos del Señor desde el momento de la Encarnación en su vientre inmaculado, vemos incluso como sigue a su hijo en su traslado a la ciudad de Jerusalén para la consumación de la obra Reconciliadora de Dios. En la pintura aparece en escena Santa María con una participación no poco importante y aunque no hubiera estado allí, sería de mucha ayuda su presencia para tratar de ahondar en la riqueza del pasaje y en la meditación en las coordenadas de la espiritualidad sodálite. Sabemos que quien aspira a recorrer las sendas de la piedad filial, no puede prescindir de la dimensión apostólica que ésta necesariamente implica. Y es que María ha recibido del mismo Dios la misión de conducir a los hombres hacia el encuentro con el Reconciliador, su Hijo. De este modo, Ella modela con afecto maternal nuestros corazones asemejándolos al de Jesús. Por lo tanto, para llevar a cabo esta misión, María necesita de nuestra cooperación activa, al acercarnos a Ella nos vemos impulsados a proyectarnos en el servicio evangelizador y de promoción humana a nuestros hermanos más necesitados. Es por eso que en la pintura podemos apreciar que si bien los hombres ponen su mayor empeño por ayudar al paralitico para tenga un encuentro con Jesús, la presencia de María es fundamental. Ella es la Mediadora entre Cristo y hombre, y cumple con su misión. El apostolado corolario de su maternidad espiritual se plasma en su presencia mediadora en el acto reconciliador que Cristo realiza en esa casa. Las cuerdas que sostienen la camilla del paralítico pasan por entre las manos inmaculadas de María como símbolo, de esa presencia apostólica de la Madre, pero también como símbolo del esfuerzo de aquellos hombres que llevaron al paralítico hacia el Señor, secundándola así en su Misión. La fuerza del ardor apostólico Se dice que eran muchos los reunidos en la casa, el griego: hóste mekéti joréin medé tó prós tén thúran, que no cabía ni aun al contorno de la puerta, esto nos habla de la cantidad de gente que había en ese momento a interior de la casa. Una primera cosa que podríamos tener en cuenta es que las casas palestinas tenían una terraza muy ligera y fácil de desmontar, a ella se subía por una escalera ubicada en la parte exterior del recinto. Por lo tanto, un detalle que se podría tener en cuenta es la presencia de los maestros de la ley venidos de Galilea, Judea y Jerusalén en cuanto que es una prueba que Jesús ya hubo predicado en Judea y aun en Jerusalén, como luego lo afirmará San Juan el evangelista. Un detalle muy interesante del pasaje es que el paralítico, según San Marcos, era conducido por cuatro hombres en un camilla, los cuales encontrándose con que no podían llegar al sitio donde estaba Jesús por la muchedumbre, que ocupaba toda la calle y la entrada a la casa; subieron a la terraza y por ella descolgaron al enfermo en su camilla colocándole delante de Jesús. Hasta aquí es muy edificante meditar en las actitudes estos buenos hombres, y quizá viene a nuestra mente la pregunta ¿qué es lo que los impulsó a no darse por vencidos? ¿Serían acaso familiares del enfermo? ¿Por qué tanta preocupación por acercarlo a Jesús para que sea sanado? Una explicación detallada del hecho es casi imposible de hacer, dado que habría que haber estado ahí, para poder ser testigos oculares de tan magno acontecimiento, pero bastan los datos que nos revela Dios para comprender su contenido haciendo una exégesis profunda. Una posible respuesta, muy interesante y hermosa, se encontraría en la fuerza del ardor apostólico que poseían estos cuatro hombres, un ardor apostólico que necesariamente se nutre de una fuerte fe en el Hijo del Dios. Su fuerte brío apostólico es consecuencia de la fe que poseían, es corolario de una conciencia clara de quién era la Persona que hablaba con tanta autoridad al interior de esa habitación. Pero no es sólo la fe de estos hombres la que resalta de manera particular en el pasaje sino también la fe del paralítico, una fe sólida al punto de cooperar al máximo de sus capacidades para poder abrirse a la acción de la Gracia que es derramada sobre él en ese momento. Este quizá es uno de los detalles que más puede llamar la atención del espectador al ver en la pintura, dos hombres sosteniendo con firmeza las cuerdas que sujetan la camilla del paralítico, traté de graficar la expresión de tensión en la fuerza de los músculos expuestos, de ambos hombres, para expresar el esfuerzo continuo que implica hacer apostolado, esa tensión permanente por el compromiso profundo con la persona a la que se trata de llevar a Cristo, incluso otro detalle que se desprende de la actitud que manifiestan estos hombres en la escena, es el de la camilla que no toca el suelo, expresando el compromiso y esfuerzo constante por hacer que la persona tenga ese encuentro personal con el Señor, sin que aquellos hombres no se desentiendan sino que permanecen involucrados. El encuentro con el Reconciliador EL corazón de la cita bíblica tiene lugar en el encuentro que tiene el paralítico con el Señor Jesús. Este es el centro del cuadro. Antes de que Jesús haga el portentoso milagro de devolverle la estabilidad física al paralítico, antes de la restablecer el orden en su dimensión física; el Señor prioriza la dimensión espiritual del hombre, quiso ante todo reconciliar al hombre que tenía enfrente, es por eso que las primeras palabras que le dirige tienen una profunda carga de compasión y amor misericordioso, Cristo le dice: «Ten confianza hijo, tus pecados son perdonados». Los padres jesuitas al comentar este pasaje afirman que era muy probable que aquel enfermo, al verse delante de Jesús y contemplar su rostro y su mirada divina, que respiraba santidad; experimentase confusión y vergüenza de sus pecados y algún temor de que estos fueran algún impedimento para su curación, y movido por la gracia ruega en su interior quedar ante todo limpio de todas sus iniquidades. El Señor es capaz de penetrar en lo más profundo de la persona y conocer las intenciones de su corazón, de esta manera con un acto de profundad bondad y ternura el Dios infinitamente misericordioso le dice al pecador: Ten confianza hijo mío, tus pecados te son perdonados; aquel hombre recibe el aliento del Amor reconciliador. Esta remisión de los pecados en el interior de la persona se obra de manera invisible, es por eso que los fariseos se alarman y consideran blasfema la actitud del Señor, pero Él que conoce lo más íntimo de sus razonamientos les dijo: « ¿de qué razonan en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir te son perdonados tus pecados, o bien decir: Levántate y anda». Los desconfiados fariseos debieron comprender en el acto que la cosa se ponía mal para ellos puesto que su desafío quedaba aceptado, y allí no se trataba de elegantes cuestiones de casuística rabínica, tales como saber si era lícito o no en sábado desatar el nudo de una cuerda o transportar un higo seco, sino que se trataba de alterar la el curso de la materia y este cambio tenía que hacerse evidente de manera física, y habían de temer mucho puesto de aquel hacedor de prodigios cabía esperarlo todo. De aquí que a la pregunta de Jesús debió seguir un largo silencio, propio de aquel que teme empeorar la situación si habla. No teniendo respuesta alguna Jesús prosiguió. Cristo es el Reconciliador, es el único capaz de sanar cualquier herida puesto que el ungüento que posee por ser el Hijo de Dios es la misericordia en sí misma, que en cuanto perfección de Dios es infinita, por lo tanto es infinita pues la fuerza de este ungüento y no hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite, afirmaba el Beato Juan Pablo II. Él es el único capaz de reconciliar las profundas rupturas que se producen en nuestro interior a causa del pecado, aquellas rupturas que ciertamente van paralizando nuestro espíritu. En la pintura este es el elemento central, que constituye el primer plano del lienzo que, y nos sumerge en la hondura del amor reconciliador, en la infinitud de la misericordia divina. El cuello del lisiado se extiende con fuerza para tratar de alcanzar una mayor cercanía con el Reconciliador. Dios se ha encarnado y por este maravilloso don podemos conocer su rostro. Es y será siempre para mí un don totalmente inmerecido el pintar los pasajes de la vida del Señor. Como decía el Beato Fra Angelico: “Para pintar las cosas del Cristo, hay que vivir con Cristo”, y una vez más constato que esta ha sido mi experiencia. Rodrigo Banda Lazarte

Óleo sobre tela 40cm x 60cm

UNA AVENTURA ARTÍSTICA

Hacer unos cinco años aproximadamente, cuando recién me iniciaba en la pintura, un gran amigo me alentó a pintar un pasaje del evangelio, en el cual, un paralítico era curado por el Señor Jesús. No recuerdo muy bien cuál fue mi primera reacción, pero debo de confesar que la idea me asustó y me dio miedo lanzarme a la aventura de emprender este proyecto. Recuerdo que la temática, el escenario del pasaje, los personajes proyectaban en mi mente un cuadro muy difícil de componer, que debía de ser pintado en grandes dimensiones, así es que decidí dejarlo para el futuro.

Con el pasar del tiempo habiendo hecho la opción de seguir al Señor por toda mi vida consagrándome a la plena disponibilidad apostólica, y después de haber transcurrido algunos años de trabajo en la Mies del Señor, un hermano de mi comunidad me planteó nuevamente la posibilidad de pintar el pasaje de la curación; esta vez tenía muchos más elementos para comprender la riqueza de esta cita y el miedo había desaparecido o por lo menos me planteé la posibilidad de hacerlo sin ningún problema, en un cuadro de dimensiones pequeñas, así es que decidí pensarlo seriamente, al día siguiente me di cuenta que la Divina Providencia se iba a hacer presente de una manera muy especial, la Liturgia de la Palabra proponía para ese día como evangelio el pasaje donde se narra este maravilloso milagro. Ahí descubrí que el Señor me alentaba en este propósito. Así es que finalmente con las deficiencias que aún se pueden presentar el despliegue de mi talento, me lancé a esta gran aventura de darle gloria a Dios en esta muestra artística y de anunciarlo para que su Evangelio llegara a más corazones.

Reflexiones en torno al Pasaje en el Cuadro

¿Dónde ocurrió dicho suceso?

El pasaje de la curación del paralítico es narrado por los tres evangelios sinópticos. Uno de los primeros problemas que podría generarse al hablar del lugar donde se dio dicha curación es la aparente discordancia que hay entre el relato de los tres evangelistas. San Mateo habla del milagro como si hubiera ocurrido en la ciudad del Señor, San Marcos relata el acontecimiento como si hubiera tenido lugar en Cafarnaúm, sin embargo, San Lucas no habla del lugar de los hechos. La aparente contradicción surgiría si concluimos que San Marcos habla del hecho sucedido en Cafarnaúm y  San Mateo narra que habría sido en la cuidad del Señor pensando que se está refiriendo a Nazaret. Por eso creo que es necesario tratar de ir a las fuentes patrísticas para poder interpretar con mayor fidelidad la Sagrada Escritura. San Agustín en sus comentarios con referencia al pasaje dice: «Si la ciudad que San Mateo llama ciudad del Señor y San Marcos dice que es Cafarnaúm San Mateo dijera que era Nazaret, se presentaría una especie de contradicción o dificultad de difícil solución. Pero aun así, no habría tal dificultad, porque así como la extensión del imperio romano, compuesto de regiones muy diversas, está comprendida y se designa con la palabra ciudad romana, la misma Galilea se puede llamar ciudad de Cristo, porque en ella está situada Nazareth. ¿Y quién dudaría que está bien dicho afirmar que Jesús, al venir a Galilea, vino a su ciudad, aun cuando hubiera ido a cualquier ciudad situada en Galilea? Tanto más, cuanto que Cafarnaúm era población principal y como una urbe Galilea». Entonces podríamos decir que lo más probable era que el milagro habría sucedido en la ciudad de Cafarnaúm en Galilea muy cerca de Nazareth.

En el cuadro no se ve ninguna referencia pictórica que haga referencia al lugar donde se realizó el hecho puesto que no es algo fundamental para expresar la riqueza de dicho pasaje.

 

La presencia de la Madre en la vida del Hijo

El Padre Scío dice que el milagro tuvo lugar posiblemente en la casa del mismo Pedro donde curó a su suegra y donde se estaba hospedando.  Además los padres jesuitas comentan que por la viveza de la descripción sugiere una dependencia de un testigo ocular, que muy bien puede haber sido Pedro. Podría ser interesante pensar que aunque no lo narra ninguno de los sinópticos, y siendo Nazareth tan cerca de Cafarnaúm; que la Madre del Señor, habría acompañado la predicación de su Hijo en estos lugares tan cercanos a su ciudad natal, sería hermoso pensar en la participación que tuvo la Madre de Dios en este maravilloso acontecimiento.

El evangelio de San Juan nos narra el milagro que Jesús hizo en Caná de Galilea (Jn 2, 1-11), donde su Madre tuvo un especial participación, como intercesora; si bien este pasaje narra que Jesús fue invitado a una boda junto con su Madre, es muy interesante constatar la presencia de Santa María acompañando a su Hijo en el inicios de lo que sería su santa vida pública, pero más interesante aún es continuar la lectura del evangelio que seguidamente de este hecho nos dice que Jesús, con su Madre y sus discípulos; se quedaron unos días en Cafarnaúm (Jn 2, 12). De ahí podríamos especular que la presencia de María en la predicación de su Hijo en Galilea era frecuente, incluso decimos que la Madre sigue con atención cada uno de los pasos del Señor desde el momento de la Encarnación en su vientre inmaculado, vemos incluso como sigue a su hijo en su traslado a la ciudad de Jerusalén para la consumación de la obra Reconciliadora de Dios.

En la pintura aparece en escena Santa María con una participación no poco importante y aunque no hubiera estado allí, sería de mucha ayuda su presencia para tratar de ahondar en la riqueza del pasaje y en la meditación en las coordenadas de la espiritualidad sodálite. Sabemos que quien aspira a recorrer las sendas de la piedad filial, no puede prescindir de la dimensión apostólica que ésta necesariamente implica. Y es que María ha recibido del mismo Dios la misión de conducir a los hombres hacia el encuentro con el Reconciliador, su Hijo. De este modo, Ella modela con afecto maternal nuestros corazones asemejándolos al de Jesús. Por lo tanto, para llevar a cabo esta misión, María necesita de nuestra cooperación activa, al acercarnos a Ella nos vemos impulsados a proyectarnos en el servicio evangelizador y de promoción humana a nuestros hermanos más necesitados.

Es por eso que en la pintura podemos apreciar que si bien los hombres ponen su mayor empeño por ayudar al paralitico para tenga un encuentro con Jesús, la presencia de María es fundamental. Ella es la Mediadora entre Cristo y hombre, y cumple con su misión. El apostolado corolario de su maternidad espiritual se plasma en su presencia mediadora en el acto reconciliador que Cristo realiza en esa casa. Las cuerdas que sostienen la camilla del paralítico pasan por entre las manos inmaculadas de María como símbolo, de esa presencia apostólica de la Madre, pero también como símbolo del esfuerzo de aquellos hombres que llevaron al paralítico hacia el Señor, secundándola así en su Misión.

La fuerza del ardor apostólico

 

Se dice que eran muchos los reunidos en la casa, el griego: hóste mekéti joréin medé tó prós tén thúran, que no cabía ni aun al contorno de la puerta, esto nos habla de la cantidad de gente que había en ese momento a interior de la casa. Una primera cosa que podríamos tener en cuenta es que las casas palestinas tenían una terraza muy ligera y fácil de desmontar, a ella se subía por una escalera ubicada en la parte exterior del recinto. Por lo tanto, un detalle que se podría tener en cuenta es la presencia de los maestros de la ley venidos de Galilea, Judea y Jerusalén en cuanto que es una prueba que Jesús ya hubo predicado en Judea y aun en Jerusalén, como luego lo afirmará San Juan el evangelista.

Un detalle muy interesante del pasaje es que el paralítico, según San Marcos, era conducido por cuatro hombres en un camilla, los cuales encontrándose con que no podían llegar al sitio donde estaba Jesús por la muchedumbre, que ocupaba toda la calle y la entrada a la casa; subieron a la terraza y por ella descolgaron al enfermo en su camilla colocándole delante de Jesús. Hasta aquí es muy edificante meditar en las actitudes estos buenos hombres, y quizá viene a nuestra mente la pregunta ¿qué es lo que los impulsó a no darse por vencidos? ¿Serían acaso familiares del enfermo? ¿Por qué tanta preocupación por acercarlo a Jesús para que sea sanado? Una explicación detallada del hecho es casi imposible de hacer, dado que habría que haber estado ahí, para poder ser testigos oculares de tan magno acontecimiento, pero bastan los datos que nos revela Dios para comprender su contenido haciendo una exégesis profunda.

Una posible respuesta, muy interesante y hermosa, se encontraría en la fuerza del ardor apostólico que poseían estos cuatro hombres, un ardor apostólico que necesariamente se nutre de una fuerte fe en el Hijo del Dios. Su fuerte brío apostólico es consecuencia de la fe que poseían, es corolario de una conciencia clara de quién era la Persona que hablaba con tanta autoridad al interior de esa habitación. Pero no es sólo la fe de estos hombres la que resalta de manera particular en el pasaje sino también la fe del paralítico, una fe sólida al punto de cooperar al máximo de sus capacidades para poder abrirse a la acción de la Gracia que es derramada sobre él en ese momento.

Este quizá es uno de los detalles que más puede llamar la atención del espectador al ver en la pintura, dos hombres sosteniendo con firmeza las cuerdas que sujetan la camilla del paralítico, traté de graficar la expresión de tensión en la fuerza de los músculos expuestos, de ambos hombres, para expresar el esfuerzo continuo que implica hacer apostolado, esa tensión permanente por el compromiso profundo con la persona a la que se trata de llevar a Cristo, incluso otro detalle que se desprende de la actitud que manifiestan estos hombres en la escena, es el de la camilla que no toca el suelo, expresando el compromiso y esfuerzo constante por hacer que la persona tenga ese encuentro personal con el Señor, sin que aquellos hombres no se desentiendan sino que permanecen involucrados.

El encuentro con el Reconciliador

EL corazón de la cita bíblica tiene lugar en el encuentro que tiene el paralítico con el Señor Jesús. Este es el centro del cuadro. Antes de que Jesús haga el portentoso milagro de devolverle la estabilidad física al paralítico, antes de la restablecer el orden en su dimensión física; el Señor prioriza la dimensión espiritual del hombre, quiso ante todo reconciliar al hombre que tenía enfrente, es por eso que las primeras palabras que le dirige tienen una profunda carga de compasión y amor misericordioso, Cristo le dice: «Ten confianza hijo, tus pecados son perdonados». Los padres jesuitas al comentar este pasaje afirman que era muy probable que aquel enfermo, al verse delante de Jesús y contemplar su rostro y su mirada divina, que respiraba santidad; experimentase confusión y vergüenza de sus pecados y algún temor de que estos fueran algún impedimento para su curación, y movido por la gracia ruega en su interior quedar ante todo limpio de todas sus iniquidades. El Señor es capaz de penetrar en lo más profundo de la persona y conocer las intenciones de su corazón, de esta manera con un acto de profundad bondad y ternura el Dios infinitamente misericordioso le dice al pecador: Ten confianza hijo mío, tus pecados te son perdonados; aquel hombre recibe el aliento del Amor reconciliador.

Esta remisión de los pecados en el interior de la persona se obra de manera invisible, es por eso que los fariseos se alarman y consideran blasfema la actitud del Señor, pero Él que conoce lo más íntimo de sus razonamientos les dijo: « ¿de qué razonan en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil decir te son perdonados tus pecados, o bien decir: Levántate y anda». Los desconfiados fariseos debieron comprender en el acto que la cosa se ponía mal para ellos puesto que su desafío quedaba aceptado, y allí no se trataba de elegantes cuestiones de casuística rabínica, tales como saber si era lícito o no en sábado desatar el nudo de una cuerda o transportar un higo seco, sino que se trataba de alterar la el curso de la materia y este cambio tenía que hacerse evidente de manera física, y habían de temer mucho puesto de aquel hacedor de prodigios cabía esperarlo todo. De aquí que a la pregunta de Jesús debió seguir un largo silencio, propio de aquel que teme empeorar la situación si habla. No teniendo respuesta alguna Jesús prosiguió.

Cristo es el Reconciliador, es el único capaz de sanar cualquier herida puesto que el ungüento que posee por ser el Hijo de Dios es la misericordia en sí misma, que en cuanto perfección de Dios es infinita, por lo tanto es infinita pues la fuerza de este ungüento y no hay pecado humano que prevalezca por encima de esta fuerza y ni siquiera que la limite, afirmaba el Beato Juan Pablo II. Él es el único capaz de reconciliar las profundas rupturas que se producen en nuestro interior a causa del pecado, aquellas rupturas que ciertamente van paralizando nuestro espíritu.

En la pintura este es el elemento central, que constituye el primer plano del lienzo que, y nos sumerge en la hondura del amor reconciliador, en la infinitud de la misericordia divina. El cuello del lisiado se extiende con fuerza para tratar de alcanzar una mayor cercanía con el Reconciliador.

Dios se ha encarnado y por este maravilloso don podemos conocer su rostro. Es y será siempre para mí un don totalmente inmerecido el pintar los pasajes de la vida del Señor. Como decía el Beato Fra Angelico: “Para pintar las cosas del Cristo, hay que vivir con Cristo”, y  una vez más constato que esta ha sido mi experiencia.

Rodrigo Banda Lazarte

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