LOS CAMBIOS EN LA VIDA

Los cambios en la vida son necesarios. La naturaleza misma nos enseña. Una vida rígida y paralizada en sus formas, en sus contenidos, en su estilo y maneras de ser, es una vida pobre, poco audaz, normalmente infecunda, poco feliz.

El sol no teme ponerse bajo el horizonte para dar espacio a la noche. Y la noche misma no se la cree: sabe que la luz del día no la dejará reinar para siempre. La luna no se entiende sin sus fases, sin sus rotaciones. Es solidaria con todos. Las nubes, por más grandes o pequeñas que sean, no viven sin la fuerza del viento. ¡Necesitan vuelo! No pueden estar paradas. Son mensajeras. La mañana no sería plenamente feliz si no se viera a sí misma repleta de los más distintos colores y variados matices. La monotonía no es su lenguaje. La tarde es el reposo de la mañana y la tensión de la noche. Mira siempre más allá. No se queda en sí misma. Un cielo gris grita por un cielo azul; un cielo lleno de luz sabe también convivir con la perspectiva de la oscuridad, de las tinieblas, de los rayos y de los truenos.

Los cambios en la vida son necesarios, pero no todo es despliegue. La naturaleza misma nos enseña: ¡Hay algo en ella que siempre permanece! Hay como una huella indeleble – casi imperceptible, sutil – del infinito en cada una de sus manifestaciones. Son vestigios del misterio. Son como huellas del Creador, un soplo del divino amor, una apertura a la eternidad.

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